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Punta del Este III

¡Finalmente! Les dejo la tercera y última parte del viaje a Uruguay. ¡Enjoy!


La Barra y José Ignacio
Este fue el último paseo que hicimos en nuestras mini vacaciones esteñas. Partimos hacia el norte para pasar por La Barra, una localidad muy ABC1 que, creo, quiere ser como la Malibú de Sudamérica. Muchas casas con bajada a la playa y una avenida principal con negocios de una o dos plantas en tonos pastel. Como no estábamos en temporada, muchas cosas ya estaban cerradas. Aunque se nota que en el verano se debe llenar de autos importados, camionetas 4x4, gente de alto poder adquisitivo y muchas modelos (en ese lugar Dotto, Piñeyro y Multitalent llevan a pasar la temporada a las chicas de sus staffs). También pasamos por la puerta del exclusivo Mantra Hotel, aunque me pareció un mall yanqui hecho hotel. ¡Un asco! En fin...







Después seguimos camino hacia José Ignacio, un ex pueblito de pescadores convertido en refugio de millonarios y famosos, en donde tienen casa Marcelo Tinelli, Mirtha Legrand, Natalia Oreiro, Shakira, Gustavo Cerati. El lugar es increíble, con un antiguo faro que le da a la costa una imagen digna de una postal. Y ni hablar del color del agua, nunca vi algo así, es una mezcla de azul, verde y, donde rompen las olas, celeste. Paseamos un poco por el pueblito (menos urbanizado que La Barra) y emprendimos la vuelta, ya que las madres querían ir a la playa y no seguir paseando. Paramos en la laguna José Ignacio, un lugar agreste muy bonito, en donde disfrutamos del mar y del sol. Después regresamos para ver un par de cosas que nos habían quedado colgadas de La Barra.

El regreso, Montevideo y Colonia
El último día tomamos un abundante desayuno en el Hotel y partimos hacia Montevideo, en donde teníamos planeado pasar un rato a conocer la ciudad. El viaje (unos 100 KM) fue divertido porque pasamos por las entradas de un montón de balnearios uruguayos en donde vacacionan los locales y que tienen nombres geniales: Solymar, Lagomar, Shangrilá... y por supuesto las famosas Piriápolis y Atlántida.
Llegamos a Montevideo por una zona que debe ser la San Isidro de la capital uruguaya y luego entramos a la urbe por una zona muy Villa Urquiza. Después tomamos la avenida principal y no pude evitar maravillarme una vez más con la arquitectura montevideana. Montevideo tiene un poco de Buenos Aires y un poco de La Plata. Es increíble cómo valoran y respetan el patrimonio edilicio. El centro de la ciudad es como una versión de Buenos Aires pero con una mezcla de art noveau, art decó y arquitectura colonial. Obvio, no faltan las cosas modernas. Pero lo más moderno son los 50 y los 60, como si un hechizo hubiera detenido el tiempo (como en las historietas de "The Power of Shazam" en la que la ciudad del Capitán Marvel existe en una realidad donde parece que los 50 nunca se fueron).
Pero después de parar a sacar algunas fotos vino lo mejor: la rambla. Es que aunque había pasado por Montevideo hace muchos años, no había conocido la costa. Y la verdad, es un lugar increíble. Si bien no parece tener playas demasiado lindas (o al menos no tan lindas como otras ciudades uruguayas), el paisaje es increíble. Además la costa tiene muchas sinuosidades y puntas y cada 10 o 15 cuadras surgen nuevos puntos panorámicos de gran belleza. Terminamos comiendo en Rincón Costero, un precario emprendimiento gastronómico sobre la costa que ofrecía frituras y empanadas de pescado. ¡Y hasta tenían un DJ que ponía música en vivo! Las rabas y las miniaturas de pescado estaban buenísimas, igual que las empanadas de mejillón y de pescado. Y era increíblemente barato, gastamos menos de 20 pesos argentinos por cabeza. Así que nos fuimos, pero prometimos regresar a vivir la magia de la capital uruguaya.




Seguimos viaje hacia Colonia, todo muy tranquilo. Llegamos al atardecer y no pudimos ver mucho. Pero nos dimos una vuelta por el centro histórico. Es como un parque temático de la época de la colonia. Y por suerte, como los uruguayos preserban muy bien su historia, es una buena forma de chusmear cómo debe haber sido Buenos Aires hace 200 años. Callecitas antiguas, casas con más de 200 años de historia y el omnipresente río de la plata conforman un idílico paisaje digno de ser admirado. Así que ya nos queda un segundo destino uruguayo para regresar en breve. Ah, el único conflicto que tuvimos fue en la terminal de ferrys, que está siendo reconstruida completamente y, por eso, tiene muchas partes que no están funcionando. Encima, te hacen bajar del taxi en la puerta y caminar con las valijas unos 100 metros hasta donde hacés el embarque. Y en migraciones, hay poca gente trabajando (al menos en el último turno del finde largo). Lo cuál es un bajón porque hay que hacer una megacola en un lugar no demasiado grande y es un embolazo. Chicos de Colonia, pónganse las pilas porque así no va. Por suerte, en el Free Shop del barco conseguimos vodka Absolut a 17 dólares la botella. ¡Nos esperan unas lindas empedadas con bebida de la buena!





Punta del Este II

Me llevó otra semana más hacerme un poco de tiempo para postear la segunda parte del viaje a Punta, pero lo conseguí. ¡No puedo creer todo lo que hicimos en cuatro días!



Paseando por Punta
Fuimos a muchos lugares. Caminamos por Gorlero, fuimos a la playa (el hotel tiene su propio parador enfrente), visitamos el puerto y la feria de artesanos. Me volvió loco el tema del cambio, porque hay que dividir el precio de las cosas por seis para saber cuánto sale cada cosa en pesos argentinos. Los precios en Punta son un poco más caros que en Buenos Aires, pero tampoco para cortarse las venas. También comimos bastante.



Comer afuera
El primer día hicimos la obligatoria escala en La Pasiva de Gorlero. La Pasiva -sí chicas, se llama así- es una tradicional cadena de comidas rápidas especializada en frankurters (panchos) y chivitos (lomitos). Nosotros pedimos un canadiense, que viene con lomito, ensalada, papas fritas, ensalada rusa, panceta, morrón, aceitunas y mayonesa. Una delicia. No nos matamos comiendo, pero con refrescos y cuatro cafés gastamos 1045 uruguayos (174 pesos argentinos).



Otra de nuestras paradas fue Il Mondo della Pizza, una concurrida pizzería (también en Gorlero) en donde pedimos una mitad palmitos mitad muzza y albahaca (venía con una suculenta montaña de albahaca). No recuerdo cuánto gastamos, pero fue alrededor de 25 pesos por cabeza.




También estuvimos en Tratoría da Antonio, la cantina de un simpático italiano muy bien atendida por uruguayos, en donde probamos spaghetti con frutos de mar. Muy frescos los maricos y muy recomendable el precio (gastamos algo así como 40 pesos argentinos por cabeza).

Pero creo que lo mejor fue comer la última noche en el puerto, en el restaurant La Marea. Por 335 pesos uruguayos (unos 60 pesos argentinos) ofrecían un menú de entrada, plato principal y postre. De entrada pedimos rabas y mejillones. De plato principal pedimos pescado del día (lenguado) a la plancha con guarnición de puré de calabaza y chop suey (en rigor de verdad eran unos vegetales salteados, pero se ve que allá los llaman así), inmejorable elección ya que el pescado era super fresco y gustoso. Y de postre espuma de limón.




Punta Ballena
Creo que fue el segundo día que fuimos a Punta Ballena. La verdad, la geografía que tienen los uruguayos es muy impresionante y Punta Ballena es un buen ejemplo: una punta de tierra que se adentra unos 500 metros en el mar y que termina en una impresionante saliente de piedras. Bellísimo. Pasamos también por Casapueblo, que estaba lleno de gente que quería visitar el museo de Páez Vilaró.
Después partimos raudamente a Cumbre de la Ballena, un hotel boutique ubicado a algunos kilómetros en la cumbre de la montaña. Vimos la puesta de sol en ese lugar, con una vista privilegiada de Punta del Este, el Océano Atlántico y la Laguna del Sauce. Todo muy top (precios en dólares, obvio). Tomamos allí el té (parece que hay que reservar para ir pero a nosotros nos atendieron igual). Tomamos un té en hebras con tortas, sandwichs de miga, tostadas con mermelada y dulce de leche y palitos de queso. Esa merienda fue la gloria. Un lugar super recomendado para visitar.







¡Falta un poco más! En la semana mando la última parte



Punta del Este

Una semana después de regresar, y con una copita de Capel de pisco y frutos rojos como combustible mental, finalmente me siento a relatar algunas cosas de nuestro reciente viaje a Punta del Este (con Papá Oso y nuestras respectivas madres).

El viaje
Fuimos en Buquebús. El viaje se me hizo re corto. Embarcamos, esperamos a las madres que fueron a chusmear al Free Shop, después fuimos nosotros y ya anunciaron que estabamos por llegar a Colonia. Después, un breve desayuno con "sandwich olímpico" (un sandwich de miga con jamón, queso, huevo, morrón, aceitunas, lechuga y mayonesa). Después fuimos a buscar el auto que alquilamos, porque no conseguimos bodega en el barco para ir con auto propio.
A poco de andar me quedé dormidísmo, mientras las madres y Papá Oso charleteaban animadamente. Me desperté en algún pueblo del interior, creo que Santa Lucía. Todos los pueblos del interior del Uruguay son muy parecidos entre sí y son muy similares a los de la provincia de Buenos Aires (como Luján y San Antonio de Areco). Y después llegamos a una región montañosa, creo que estábamos cerca de Piriápolis. Y después ya llegamos a Punta del Este.

Punta del Este
¡Qué opulencia! Entramos por la zona de La Mansa, que está lleno de edificios nuevos a todo culo, onda Miami. ¡Cuánto dinero! ¿Serán edificios hechos con dinero "limpio" o habrán servido para lavar guita? No lo sabemos y preferimos no enterarnos. Llegamos hasta la punta, vimos el puerto y seguimos por La Brava. ¡Qué feo es el Conrad! Tiene como un estilo muy yanqui, onda Las Vegas. No me gustó nada. Así seguimos un tramo hasta llegar al Hotel San Rafael.



El Hotel
El San Rafael es uno de los hoteles más antiguos de la ciudad. No sé bien cuando se fundó, pero por su estilo debe haber sido construido en las primeras décadas del siglo XX. Aclaro que esto es una exageración a puro título ilustrativo, pero el lugar es como una mezcla de la Mansión de Bruno Díaz y el palacio de Buckingham. Adentro, mucho mueble de estilo y adornos antiguos (la sala de estar tiene sillones muy retro y dos armaduras, entre otras delicias). Y las habitaciones son amplias y señoriales. ¡Hasta tienen un "secretaire" para escribir cartas! El baño sesentoso con mampara de acrílico es la gloria.
EL hotel es bastante grande, aunque conoció épocas mejores. Se ve que en su momento fue alo increíble (fue sede de cumbres interamericanas de presidentes y hasta alojó a los reyes Juan Carlos y Sofía de España). Tiene un salón de conferencias que parece de un palacio europeo y un enorme salón de fiestas que parecen medio abandonados. Aunque tiene funcionales la pileta, el spa (que no pudimos conocer porque siempre estábamos de acá para allá) y el gimnasio.
Y aunque nunca pudimos comer en el Hotel (el comedor es en un salón al costado que seguramente fue construido para ser boite en los 60 y 70), aunque el desayuno era todo. Lo mejor las tostadas con jamón y queso. Y las masitas secas y los brownies.





Bueno, sigo después con más detalles del viaje, incluido qué comimos y dónde.